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El mito del control total: lo que los dispositivos inteligentes realmente dicen —y no dicen— sobre su salud

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En la última década, la tecnología ha prometido algo que antes parecía imposible: convertir el cuerpo humano en una fuente permanente de información. Hoy, millones de personas utilizan relojes inteligentes, anillos y sensores que registran desde la frecuencia cardíaca hasta la calidad del sueño, creando la sensación de que cada individuo puede convertirse en el vigilante permanente de su propia salud. Sin embargo, detrás de esta aparente revolución se esconde una realidad más compleja, donde los datos no siempre equivalen a diagnósticos, y la autonomía prometida puede convertirse en una ilusión peligrosa.

Lo que comenzó como simples contadores de pasos ha evolucionado hasta convertirse en sofisticados sistemas capaces de estimar variables fisiológicas complejas. Estos dispositivos prometen anticipar enfermedades, mejorar el rendimiento físico y optimizar el bienestar diario. Pero la ciencia advierte que estas herramientas, aunque útiles, tienen limitaciones importantes que el usuario común rara vez comprende.

La transformación del cuerpo en un flujo constante de datos

El auge de los llamados “wearables” no es solo un fenómeno tecnológico, sino también cultural. La sociedad ha pasado de depender exclusivamente del médico para conocer su estado de salud a confiar en algoritmos que traducen señales biológicas en métricas digitales. Esta transición ha dado lugar a una nueva forma de relación con el cuerpo, donde las cifras se convierten en indicadores emocionales y psicológicos.

Hoy, una notificación puede advertir sobre un nivel elevado de estrés o una supuesta irregularidad cardíaca, generando tranquilidad o ansiedad en cuestión de segundos. El problema es que muchos de estos indicadores no son mediciones clínicas directas, sino estimaciones basadas en modelos matemáticos que interpretan señales indirectas.

El resultado es una paradoja moderna: mientras las personas sienten que tienen mayor control sobre su salud, en realidad dependen de interpretaciones automatizadas que pueden ser imprecisas o incompletas.

Cuando los algoritmos se equivocan

Uno de los mayores riesgos de estos dispositivos es la confianza excesiva que generan. En algunos casos, los sistemas pueden emitir evaluaciones alarmantes que no corresponden con la realidad clínica, provocando preocupación innecesaria. En otros, pueden ofrecer resultados tranquilizadores que ocultan problemas reales.

Esto ocurre porque los sensores integrados en estos dispositivos no tienen la capacidad de medir el cuerpo con la precisión de los equipos médicos tradicionales. Por ejemplo, un electrocardiograma clínico utiliza múltiples puntos de medición para analizar la actividad cardíaca, mientras que un reloj inteligente utiliza un número mucho más limitado de señales.

La diferencia es significativa. Mientras un equipo clínico observa el corazón desde múltiples ángulos, un dispositivo portátil solo ofrece una aproximación parcial. Es útil para identificar tendencias, pero insuficiente para establecer diagnósticos definitivos.

Este fenómeno se resume en un principio ampliamente conocido en el mundo de la tecnología: la calidad de la información obtenida depende directamente de la calidad de los datos recopilados. Si los datos son incompletos o imprecisos, las conclusiones también lo serán.

La fatiga de las alertas y el impacto psicológico

Otro efecto poco discutido del uso constante de estos dispositivos es la llamada “fatiga de alerta”. La exposición continua a notificaciones puede generar ansiedad y desensibilización, reduciendo la capacidad de distinguir entre señales relevantes y alertas innecesarias.

Lo que antes era una herramienta de apoyo puede convertirse en una fuente constante de preocupación. Algunas personas desarrollan una obsesión con sus métricas, revisando repetidamente su frecuencia cardíaca, sus niveles de estrés o la calidad de su sueño, incluso cuando no presentan síntomas reales.

Este fenómeno, conocido como cibercondría, puede llevar a consultas médicas innecesarias o, por el contrario, generar una falsa sensación de seguridad que retrasa la atención de problemas reales.

Las autoridades sanitarias han sido claras al respecto: estos dispositivos deben utilizarse como herramientas de seguimiento, no como instrumentos de diagnóstico. Su función principal es identificar patrones a lo largo del tiempo, no emitir conclusiones definitivas.

Las limitaciones invisibles de la tecnología

Uno de los problemas más importantes de estos dispositivos es que no todos los sensores funcionan igual en todas las personas. Factores como el tono de piel, la temperatura corporal, el movimiento o la posición del dispositivo pueden afectar la precisión de las mediciones.

Además, muchas de estas tecnologías han sido desarrolladas y probadas en poblaciones específicas, lo que significa que su precisión puede variar en contextos diferentes. Esto es particularmente relevante en países como Colombia, donde la diversidad biológica es amplia.

También existe una dimensión económica que rara vez se menciona. En muchos casos, el verdadero producto no es el dispositivo en sí, sino el acceso a los datos que genera. Algunas empresas han adoptado modelos de suscripción que convierten la salud en un servicio permanente, donde el usuario paga no solo por el hardware, sino por la interpretación continua de su información biológica.

Este modelo transforma la relación entre el usuario y la tecnología, creando una dependencia constante.

Entre la utilidad real y la ilusión tecnológica

A pesar de sus limitaciones, estos dispositivos tienen un valor significativo cuando se utilizan correctamente. Su mayor fortaleza no está en el diagnóstico inmediato, sino en el seguimiento prolongado.

Al registrar datos durante semanas o meses, pueden revelar patrones que ayudan a comprender cómo el cuerpo responde al estrés, al ejercicio o al descanso. Esta información puede ser especialmente útil cuando es interpretada por un profesional de la salud, que puede contextualizar los datos y convertirlos en información clínicamente relevante.

En este sentido, la tecnología no reemplaza al médico, sino que puede convertirse en una herramienta complementaria que mejora la calidad del seguimiento.

El futuro de la medicina: del hospital al hogar

El avance de estos dispositivos forma parte de una transformación más amplia en el sistema de salud. La tendencia apunta hacia un modelo en el que el monitoreo se realiza de manera continua y remota, reduciendo la necesidad de visitas presenciales.

Este enfoque, conocido como atención remota o medicina digital, permite detectar cambios graduales en la salud antes de que se conviertan en problemas graves. Sin embargo, su éxito depende de una integración adecuada entre tecnología, profesionales de la salud y regulación.

La tecnología, por sí sola, no garantiza mejores resultados. Su valor depende de cómo se utilice y de la capacidad de interpretar correctamente la información que genera.

La clave no es medir más, sino entender mejor

El crecimiento de los dispositivos de monitoreo personal refleja una sociedad que busca mayor control sobre su bienestar. Sin embargo, la verdadera autonomía no proviene de tener más datos, sino de comprender su significado.

Estos dispositivos pueden ser aliados poderosos, pero no sustituyen el juicio médico ni el conocimiento científico. Son herramientas, no oráculos.

La promesa de convertir el cuerpo en un sistema completamente medible sigue siendo, en parte, una ilusión. La salud humana continúa siendo demasiado compleja para reducirla a una serie de números en una pantalla.

El desafío no es abandonar la tecnología, sino utilizarla con criterio, entendiendo que el verdadero control no está en el dispositivo, sino en la capacidad de interpretar sus límites.

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